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Un corredor olímpico sin país vuelve a casa para reencontrarse con su familia Imprimir

© ACNUR/T.Ongaro. La madre de Guor se agarra a él como una niña en su primer encuentro en dos décadas.
© ACNUR/T.Ongaro. La madre de Guor se agarra a él como una niña en su primer encuentro en dos décadas.
PAN DE THON, Sudán del Sur, 14 de junio de 2013 (ACNUR/UNHCR) – Guor Marial* finalmente ha vuelto a casa. Casi un año después de tocar el corazón de todo el mundo en los Juegos Olímpicos de Londres y 20 años después de dejar su ciudad, este corredor de maratones sursudanés regresó a finales del mes pasado y tuvo una emocionante bienvenida.

 

Todo fue demasiado para su madre, que se derrumbó cuando Guor llegó a la ciudad de Pan de Thon, en el estado de Unity, en Sudán del Sur. Ella le había visto por última vez en 1993, cuando se fue a vivir con unos familiares a Jartum antes de huir de la guerra entre el norte y el sur, cuando el país era parte de Sudán.
Guor, un refugiado residente en Estados Unidos cuyo reencuentro con su madre fue posible gracias al ACNUR, levantó a la mujer y, llorando, la abrazó bajo el cálido sol. “¿Guor? ¿Eres tú, mi hijo?” preguntó.

 

“Soy yo, Mamá”, contestó el hijo de 29 años, que corrió en la maratón de 2012 bajo la bandera olímpica porque Sudán del Sur, la nación más joven del mundo, no tenía un Comité Olímpico nacional reconocido. Este corredor sin país llegó a la meta en el puesto 47 en un tiempo de 2 horas, 19 minutos y 32 segundos.

Cogidos del brazo, Guor y su madre empezaron a conocerse mutuamente una vez más. En un cambio de papeles, la madre de Guor, Athieng Majak Kon, se agarró a él como una niña. Recuperándose del shock rápidamente, comenzó a hablar con él y a llevarle por la casa familiar, señalándole dónde había nacido él.

La noticia de que un hijo había vuelto desde tan lejos se expandió pronto por el pueblo. Un alegre anciano daba saltos con su bastón y cantaba. Era el padre de Guor, Madang Maker Deng. Restregó cenizas de excremento de vaca por la frente de su hijo, en un tradicional gesto de bienvenida. Más tarde, le volvió a contar cómo cuando era joven había cazado descalzo una jirafa en las llanuras, atribuyéndose el mérito de la habilidad atlética de su hijo.

Pero la alegría se tiñó de tristeza. Guor fue forzado a huir de Sudán por la devastadora guerra civil que se desarrolló de 1983 a 2005 y que dejó cientos de miles de muertos, incluyendo a ocho de sus hermanos.

El estado de Unity era un lugar peligroso cuando él era pequeño. Y las áreas rurales carecían de servicios básicos como la educación y la asistencia sanitaria. Así que, cuando tenía ocho años, la madre de Guor le envió a vivir con un tío suyo a Jartum.

Pero a los del sur se les consideraba sospechosos en la capital de Sudán y a menudo se les acusaba de espionaje. Guor y sus parientes huyeron a Egipto, angustiados por la persecución y temerosos por sus vidas. Fue un momento difícil, pero en 2001 se reasentaron en Estados Unidos.

Él, que entonces tenía 16 años, aprovechó todas las oportunidades educativas y sus profesores de Instituto se fijaron rápidamente en sus habilidades atléticas. Guor fue a la Universidad Estatal de Iowa con una beca, graduándose en Químicas en 2011. Entonces llegaron las Olimpiadas.

Guor no estaba preparado para correr por Sudán del Sur, pero había solicitado la ciudadanía de Estados Unidos y estaba siendo procesada. Una campaña de apoyo a Guor en las redes sociales consiguió que a finales de agosto, una semana antes de la maratón, el Comité Olímpico Internacional aceptara que pudiera correr como atleta independiente.

Rodeado de sus queridos familiares, Guor reflexionaba sobre el conflicto que le había apartado de su familia y causado tanto sufrimiento. “El coste humano de la guerra es difícil de medir”, dijo. “Mis hermanos murieron de enfermedades que podían tratarse… los hijos de mi madre deberían haber podido ayudarla. En vez de eso, tuvo que arregárselas sola, a su elevada edad”, apuntó Guor.

“El conflicto dañó a las familias”, continuó. “Nuestro país está bendecido con una riqueza incontable. Aún así, la muerte y el potencial malgastado son el precio que las familias,  comunidades enteras, tuvieron que pagar por el conflicto. No he conocido a ningún compatriota que no estuviera afectado por la guerra. La situación de mi madre es un buen ejemplo”.

Mirando amablemente a su madre, dijo que estaba conmovido por lo mucho que había envejecido, abrumada por el esfuerzo de una dura vida en el campo. Con sus dos hijos ausentes – el único hermano superviviente de Guor vive en Juba, la capital de Sudán del Sur- su madre se esfuerza por cuidar de sí misma.

Cuando era niño, Guor le había ayudado con las tareas domésticas así como cultivando maíz, mijo y sorgo en el patio de su casa y cosechando arroz salvaje para su granero en la estación seca. Aprendió pronto que el deber de un hijo es cuidar de su madre.

Su familia y sus amigos se reunieron bajo un árbol de nim en el jardín de su padre y hablaron de los viejos tiempos. Era el comienzo de la estación de las lluvias y Guor recordaba haber cuidado del ganado de su padre en esas llanuras.

Pero el joven no olvidó a la gente que le había ayudado durante años, sobre todo a sus padres de acogida en Estados Unidos. “Ellos son mi familia”, dijo. “De ellos recibí orientación para convertirme en un adulto responsable. Me ayudaron a superar mis limitaciones para recibir educación universitaria. Las familias que me han criado y aquellos que me han guiado me ayudaron a ser lo que soy hoy”, añadió.

“Estoy especialmente agradecido al ACNUR por traerme a casa, con las dos personas más importantes de mi, mi madre y mi padre”, dijo, añadiendo que si ellos no le hubieran enviado fuera hubiera muerto con sus hermanos. Para su madre, la visita de Guor acabó con años de incertidumbre. “Gracias por traer a Guor a casa. He visto a mi hijo. Mi corazón ha descansado al fin”, dijo.

*Marial es el nombre de su tío, quien llevó a Guor a Estados Unidos. Como parte del proceso para obtener la ciudadanía de Estados Unidos, ahora utiliza su nombre completo original: Guor Madang Maker

Por Teresa Ongaro en Pan de Thon, Sudán del Sur


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