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Una refugiada sursudanesa logra vencer la ceguera para ponerse a salvo Imprimir

© UNHCR/C.Tijerina. Nyantay junto a un amigo en Tierkidi, sitio al que llegó desde su Sudán del Sur natal después de una aterradora travesía.
© UNHCR/C.Tijerina. Nyantay junto a un amigo en Tierkidi, sitio al que llegó desde su Sudán del Sur natal después de una aterradora travesía.
TIERKIDI, Etiopía, 3 de diciembre de 2014 (ACNUR/UNHCR) – El ruido de los disparos resonaba en los oídos de Nyantay Gatkouth, una mujer invidente de algo más de cuarenta años, que apenas alcanzó a oír lo que allí estaba pasando de boca de los que huían corriendo del lugar.

Caminando a tientas por la aldea de Maywut, ubicada en el estado de Alto Nilo, en Sudán del Sur, se dio cuenta de la gravedad del enfrentamiento armado cuando familiares y vecinos la cogieron de las manos y la arrastraron en dirección al bosque. No recuerda en qué momento su mano se escurrió de aquella a la que se aferraba, quedando así abandonada a merced de los disparos a su alrededor. “Seguí corriendo”, dice. “Escuché disparos y me asusté mucho, no podía ver nada y corrí sola”.

Nyantay tuvo que sortear todo tipo de obstáculos, desde la amenaza que suponían los desniveles del terreno y la vegetación del lugar, al calor intenso y el agotamiento físico. En un momento determinado, se detuvo y se sentó en medio del bosque a esperar su muerte y, aunque la idea le aterrorizaba, tenía la esperanza de que al menos fuese rápida. “Podía oír a los leones y las hienas”, dice, “sólo quería que vinieran y me devorasen porque estaba desesperada, me encontraba herida y perdida”.

“Mientras esperaba, pensaba: ‘si los animales me devoran, está bien. Si los soldados me matan, está bien’. Ya no sentía miedo por nada. No podía pensar ni preocuparme en nada más que no fuese morir”, agrega.
Al día siguiente, unos vecinos la encontraron y la llevaron a un lugar seguro. Finalmente pudo cruzar la frontera con Etiopía y llegar al campamento de refugiados de Tierkidi, donde se reunió con su esposo y sus cuatro hijos, a quienes daba por muertos.

“Cuando escuché sus voces y supe que eran ellos me desmayé y luego perdí los nervios por completo. Tuvieron que echarme agua en la cara para calmarme. Estaba tan abrumada por la emoción que me descompuse”, cuenta. Nyantay recibió asistencia básica por parte de organismos de las Naciones Unidas y ACNUR considera que es una persona especialmente vulnerable que necesita ayuda específica.

El gran campamento de Tierkidi acoge a casi 50.000 de los cerca de 200.000 refugiados provenientes de Sudán del Sur que en el último año han huido a Etiopía. Desde que el pasado mes de diciembre se iniciaran los enfrentamientos entre el gobierno y los rebeldes, los niños, las mujeres, los ancianos y las personas discapacitadas se han convertido en un blanco frecuente.

Nyantay perdió la vista en enero de 2011, cuando Sudán del Sur celebró el referéndum para lograr la independencia tras años de guerra civil con Sudán. “Después de votar, todo se oscureció”, recuerda. “Ahora sólo puedo distinguir el día de la noche, nada más”. Desconoce la causa de su ceguera, aunque muchos en Sudán del Sur sufren problemas de visión causados por las cataratas, la falta de condiciones sanitarias básicas y las enfermedades. Lejos de los olores y los sonidos de su entrañable aldea, en Tierkidi se siente perdida. Allí depende de la esposa de su padre para comer y vestirse, para ir al baño y moverse por los alrededores.

“No soy capaz de encontrar nada positivo aquí por culpa de mis ojos. Todo lo que necesito me lo tienen que hacer los demás, lo que hace que me sienta mal”, dice. “Echo de menos poder ver por donde ando, si hay objetos con los que puedo tropezar,  y poder ver si dentro de mi comida hay insectos o cosas malas”.

Aunque tiene problemas para dormir, dice que sueña con su cama, que es de las cosas que más echa de menos. “Mi cama era muy cómoda, no como aquí.Y extraño ver la salida del sol. Solía levantarme temprano para ver el amanecer. Los ojos son algo muy importante. Con ellos puedes ver por dónde vas, puedes ver el peligro y las distancias, pero todo eso se acabó”.

Mientras acuna a un bebé de la familia, agrega, “No tengo porvenir. Lo único que hago aquí es sentirme triste”. Sin embargo, Nyantay alberga la esperanza de que sus hijos, quienes al igual que otros 6.000 alumnos van a la escuela del campamento, puedan tener un futuro.

“Ellos alivian mi sufrimiento, porque los únicos que prosperan son aquellos que tienen conocimientos”, dice con una sonrisa en su rostro, mientras el bebé al que mece acariciándole los pies le devuelve los mimos tocándole las mejillas con sus manitas.

Gatwech, de 15 años, el mayor de sus hijos, sabe que nunca podrá devolver la vista a su madre, pero está decidido a terminar sus estudios y un día llegar a ser un líder capaz de reconstruir el país que su madre querría ver, alguien que traiga la luz y disipe las tinieblas.

“Algún día quiero trabajar para el gobierno para poder castigar a los que engendran la violencia”, dice Gatwech. “Quiero que eso se acabe. Yo podría contribuir al desarrollo del país, construir carreteras, hospitales, redes eléctricas, las cosas que la gente necesita”.

Por Hannah McNeish en Tierkidi, Etiopía.



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