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Noticias Historias con rostro La cálida bienvenida de un centro esloveno después de escapar del terror

La cálida bienvenida de un centro esloveno después de escapar del terror Imprimir

©ACNUR/UNHCR/Spela Majcen. “Tengo que pellizcarme porque creo que estoy soñando”, cuenta el farmacéutico Mazen Al-Khatib Al-Masri, que se ha llevado a su familia desde el peligro de Damasco a la seguridad de Eslovenia. El padre, Mazen (43 años), la madre, Heba (30), y los niños de izquierda a derecha, Majd (9), Ahd (8) y Nehad (12).
©ACNUR/UNHCR/Spela Majcen. “Tengo que pellizcarme porque creo que estoy soñando”, cuenta el farmacéutico Mazen Al-Khatib Al-Masri, que se ha llevado a su familia desde el peligro de Damasco a la seguridad de Eslovenia. El padre, Mazen (43 años), la madre, Heba (30), y los niños de izquierda a derecha, Majd (9), Ahd (8) y Nehad (12).

Eslovenia, 13 de junio de 2016 (ACNUR/UNHCR) - “Tengo que pellizcarme porque creo que estoy soñando”, cuenta el farmacéutico Mazen Al-Khatib Al-Masri, cuya familia está por fin a salvo en Eslovenia, después de huir de los peligros de Damasco.

Todavía recuerda su desembarco en una isla deshabitada de Grecia y su vida “como Robinson Crusoe”. “Solo había delfines en el mar”, añade su mujer, Heba Kanon, mostrando una fotografía del bote en que llegaron que aún guarda en su teléfono.

Mazen, de 43 años, y Heba, de 30, junto con su hija y sus dos hijos, están entre los 34 solicitantes de asilo que han sido reubicados en Eslovenia bajo el programa de la UE que tiene por objetivo el reparto de la responsabilidad entre los países europeos. En total, Eslovenia, con una población que apenas supera los dos millones de habitantes, acogerá a 567 refugiados al término del próximo año. Veintiocho de los recién llegados son sirios e iraquíes que llegaron a través de Grecia. Los seis restantes son eritreos que llegaron vía Italia.

“Le estamos dando una gran importancia al programa de reubicación de la UE”, declara Vito Trani, principal responsable de la oficina de ACNUR en la capital de Eslovenia, Liubliana. “Esperamos que contribuya a disminuir la presión sobre Grecia, Turquía e Italia. Los refugiados verán cómo funciona y trasladarán la información a otros. No obstante, está claro que la crisis de refugiados no ha terminado. Con las fronteras de los países de los Balcanes cerradas, muchos refugiados intentarán tomar rutas alternativas este verano”.

“Con las fronteras de los países de los Balcanes cerradas, muchos refugiados intentarán tomar rutas alternativas este verano”.

Rodeado de césped y árboles, el Centro de Acogida Temporal Logatec, donde los refugiados esperan a que sus solicitudes de residencia sean procesadas, es más parecido a un pueblo turístico alpino que a un campamento de refugiados. Los dormitorios están pintados con colores vivos. La ropa, se seca colgada en tendales, y no en alambradas de espino. Los niños montan en bicicletas mientras se escucha a través de una ventana abierta cómo los adultos recitan los números del 1 al 20, en una clase de inglés para principiantes.

“¿Irak y Eslovenia? No puedes comparar ambos países”, dice Tarek Selman, taxista de 57 años que ha llegado desde Bagdad con su mujer, Zeinab Muhsain Mahdi, de 37 años, y sus hijos. “Este país es bello, la gente es amable. Te quiero mucho mucho mucho Eslovenia, porque eres como una madre que abraza a sus hijos”.

Alemania era la primera opción de Tarek en su lista de preferencias para su reubicación, pero, para su sorpresa, ha descubierto que Eslovenia puede proporcionarle aquello que buscaba: “seguridad y educación, así como un buen futuro para mis hijos”.

Tarek y su familia son musulmanes suníes que vivían en un distrito chií de Bagdad. “Unos hombres llegaron de noche –milicianos enmascarados- y nos dijeron que si queríamos vivir, debíamos marcharnos inmediatamente”, recuerda, mostrando un vídeo de su taxi amarillo, incendiado por los atacantes. “Se me disparó la tensión y comenzaron a fallarme las piernas. Hicimos las maletas y nos fuimos a casa de mi hermano, pero aun así, no nos sentíamos seguros”.

La siguiente foto en su móvil muestra el cuerpo ensangrentado de su hermano. Tarek se derrumba y abandona la habitación unos minutos para recuperarse.

Después, continuando su relato, cuenta cómo la familia viajó a Turquía en 2014, para encontrarse con que allí los refugiados no podían trabajar. Desesperados, pidieron prestado dinero para cruzar el Egeo desde Turquía a Grecia y llegaron a la isla griega de Samos en marzo de este año.

“ACNUR nos informó del programa de reubicación”, explica Tarek. “Para entonces, yo estaba en silla de ruedas porque tenía las piernas inflamadas. El traficante me colocó al fondo del bote, situando a otras personas encima de mí. Terminé con las piernas aplastadas”.

La reubicación fue rápida y ordenada, según Tarek. La familia voló desde Atenas a Liubliana el 12 de mayo.

Ahora Tarek baila con su mujer en el jardín de Logatec. “Duermo por las noches”, exclama. “Pasearé por las montañas, inshallah. Sueño con conducir un minibús. ¿Por qué no? Así es la vida: lágrimas y risas”.

Para Mazen, un farmacéutico de Damasco, el proceso de reubicación fue más traumático. La familia huyó de Siria con su familia a causa de los ataques de misil junto a su casa, y trataron sin éxito de establecerse en Turquía. En marzo de este año, dejaron a sus padres ancianos atrás y tomaron un bote rumbo a Grecia. El viaje terminó siendo una experiencia terrible. “No puedo creer que sobreviviéramos a la travesía”, cuenta Mazen.

Desde la isla deshabitada donde desembarcaron en un principio, socorristas griegos los condujeron a Chíos. “Tuve conocimiento del programa de reubicación a través de internet, pero cuando llegamos a Grecia, parecía como si el programa simplemente fuera una gran mentira. En Chíos, nadie sabía nada al respecto”.

El traslado a Lesbos fue igualmente estresante. “Fue un caos y un desorden. Pasamos nueve días en una tienda de campaña sin electricidad, y teniendo que recorrer una gran distancia a pie para conseguir agua. Sé que fueron solo nueve días, pero me parecieron nueve meses. Después de todo lo que habíamos sufrido en Siria, para nosotros fue un shock ver este caos en Europa”.

Por fin en Eslovenia, Mazen está ansioso por rehacer su vida cuanto antes.

“Hasta el momento, todo va bien”, dice. “Vamos a clases de inglés y de esloveno, y jugamos al ping pong. Pero siento que hemos caído muy bajo. Ni si quiera puedo permitirme comprar a mi hijo una bicicleta. Mis hijos hablan más de tanques y armas que de sus deberes. Ya no tengo más sueños. Solo quiero poder mantener a mi familia y darles una buena vida”.

©ACNUR/UNHCR/Spela Majcen. Refugiados asisten a clases de inglés en el centro para solicitantes de asilo de Logatec.
©ACNUR/UNHCR/Spela Majcen. Refugiados asisten a clases de inglés en el centro para solicitantes de asilo de Logatec.
En la habitación contigua, los vecinos de Mazen son otra familia de Siria. El sastre Mahmoud Sabagh, de 49 años, y su mujer Zahra Zamar, de 40, huyeron de Alepo con sus dos hijos menores porque, como explica Mahmoud: “Puedes salir de casa por la mañana y no saber si volverás con vida por la tarde. Hay helicópteros soltando bombas de barril, francotiradores, secuestros y robos. Hay peligros por todas partes”.

La familia es feliz de estar en Eslovenia. “No tenemos todo lo que querríamos, pero estamos positivamente sorprendidos por la gente de aquí y el entorno”, dice Zahra, que espera volver a trabajar como peluquera “para sentirse útil y tener una meta”.

Cuando le pregunto qué es lo que le falta, Zahra empieza a llorar, y responde con una palabra, “Alepo”.

Mahmoud explica que dejaron atrás a un hijo mayor, en el Líbano. “No queríamos que el Ejército Sirio lo reclutase. También tenemos dos hijas preciosas. Tenía miedo de que pudiesen violarlas. Casé a Nour con un hombre de Damasco, y ambos están en Turquía. Nuestra otra hija, Sara, está en el Líbano”.

El viaje desde Alepo fue horrible. “Nos marchamos a Turquía hace cuatro meses y medio”, relata Mahmoud. “Tomamos la carretera controlada por el ISIS. Normalmente se tarda una hora, pero a nosotros nos llevó 20. Fuimos tiroteados desde el lado turco, con balas de goma y con balas reales”.

En comparación, la travesía en barco hacia Grecia fue sencilla. “ACNUR y la Cruz Roja estaban esperando en la isla de Lesbos. Cuidaron mucho de nosotros, fue casi embarazoso. Incluso comprobaron si teníamos los pies mojados”.

Ya en Eslovania, el sueño de Mahmoud es reconstruir su vida y ser autosuficiente. “Quiero que podamos tener nuestra propia casa - si es junto al mar, aún mejor- lejos de la pesadilla que dejamos atrás”.


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