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Modistas refugiadas hilvanan juntas una nueva vida en Alemania Imprimir

Claudia Frick (centro izquierda) ayuda a Esraa (izquierda), que huyó de Damasco. (© ACNUR/UNHCR/Gordon Welters)
Claudia Frick (centro izquierda) ayuda a Esraa (izquierda), que huyó de Damasco. (© ACNUR/UNHCR/Gordon Welters)

Un taller ha contratado a seis habilidosas mujeres con experiencia en la industria de la moda y les ayuda a encontrar su lugar en Frankfurt.

FRANKFURT, Alemania, 7 de julio de 2017 (ACNUR/UNHCR) - Reyhane trabaja en un taller de moda en Frankfurt; creció en el exilio, en Irán, y llegó a Alemania en el momento álgido de la crisis de refugiados de 2015. Afortunadamente, consiguió trabajo en Stitch by Stitch, una empresa de dos diseñadores locales que elabora ropa para pequeñas marcas alemanas.

El taller –donde todas las trabajadoras son mujeres-, fundado por la diseñadora de moda Claudia Frick y la diseñadora gráfica Nicole von Alvensleben, emplea a seis refugiadas y a una costurera alemana. Es una situación que beneficia a todas las partes: las refugiadas necesitan trabajo, y el taller disponer de plantilla.

“Les damos una plataforma para que muestren sus habilidades” relata Nicole. “Las empresas a menudo tienen dificultades para contratar gente. Ellas [las refugiadas] vienen de sociedades donde la artesanía y otros oficios están vivos aún, y quieren ponerlos en práctica”.

“Hay una atmósfera de hermandad”

Reyhane llevaba seis meses en Alemania cuando Nicole y Claudia la conocieron en un evento de caridad. Reyhane vestía una chaqueta hecha por ella misma. “Tenía un cuello y unos bolsillos muy bien hechos” dice Claudia. “Dije ‘Dios mío, debe de ser muy buena si se lo ha hecho ella'. Y así, Reyhane quedó contratada.

Cosiendo desde botones hasta complicados entallados, las mujeres trabajan por 9 euros la hora -16 céntimos sobre el salario mínimo alemán. Cobramos lo mismo que nuestros empleados” dice Nicole. “Esto no es un taller clandestino”.

“Hay una ambiente de hermandad aquí” dice Claudia. “Hablamos de todo”.

Esraa, trabajando en el taller de Stitch by Stitch. (© ACNUR/UNHCR/Gordon Welters)
Esraa, trabajando en el taller de Stitch by Stitch. (© ACNUR/UNHCR/Gordon Welters)
Un bonito vestido negro con un colorido patrón cuelga como muestra, comisionado por Heile Merkle, propietario de Death by Dress, una marca independiente de Frankfurt.

“Frankfurt puede que no sea tan dinámico como Berlín”, dice Nicole, “pero hay una escena de moda muy activa. Los clientes quieren ropa única, que proceda directamente del diseñador, en lugar de venir de cadenas. Es una industria artesanal del XXI”. Una industria en la que participan refugiados con experiencia en moda, adquirida en sus países natales.

Antes de la guerra en Siria, Iman Khatibe, de 40 años, tenía su propio taller en Alepo, donde hacía principalmente vestidos de novia, trajes de fiesta y lencería, todo con bordados muy elaborados. “Aprendí de mi abuela, de mi tía y de mi tío, que trabajaban todos en moda”, cuenta.

Ve potencial en la mezcla de estilos europeos y del medio oriente. “Cojo ideas de las revistas” afirma, “pero no copio lo que veo por la calle. Mi inspiración viene del interior.

Iman se marcha temprano de trabajar porque tiene un bebé en casa. Las costureras más jóvenes siguen trabajando en esta calurosa tarde.

Esraa Ali, de 21 años y de Damasco, está en prácticas, aprendiendo las técnicas de costura. Va a una escuela dos días por semana y se está haciendo rápidamente con el alemán.

“Mi madre me enseñó a conjuntar los colores… Mi padre me enseñó a usar la máquina de coser”.

Aunque a Esraa le gustaban los tradicionales abrigos largos y vestidos tradicionales que vestían las mujeres en Siria, su inspiración provenía sobre todo de la Cenicienta de Disney. “Nunca había visto unos vestidos tan bonitos, con esas cinturas diminutas y ceñidas, y el cabello suelto”, dice.

Esraa diseñó, cosió y modeló su propio vestido para un concurso de diseño en Frankfurt. El tema era “Los locos años veinte”, así es que añadió encaje gris y perlas negras a su vestido rosa y un hiyab a juego. “Era una especie de ‘locos años veinte’ a la siria”, comenta riendo.

En la mesa de al lado, mientras aún está trabajando con el encaje para su delicada pieza, Reyhane recuerda cómo era ser su propia jefa, siendo propietaria de un pequeño negocio en la ciudad iraní de Mashhad.

Procede de una larga tradición de sastres originarios de Herat, en Afganistán. “Mi madre me enseñó cómo combinar los colores”, dice. “Mi padre me enseñó a utilizar la máquina de coser”.

Trabajando desde casa, confeccionaba ropa para clientes afganos e iraníes. “Echo de menos las telas de allí”, dice, “los colores, los estampados, las alfombras afganas hechas a mano”.

Reyhane, que huyó de Afganistán, cosiendo en el taller. (© ACNUR/UNHCR/Gordon Welters)
Reyhane, que huyó de Afganistán, cosiendo en el taller. (© ACNUR/UNHCR/Gordon Welters)
A Reyhane le gusta mezclar el estilo afgano y el europeo. Viste pantalones tejanos, incluso faldas cortas, con mallas y siempre el hiyab, “porque me gusta”. Es ambiciosa y espera diseñar su propia ropa y tener su propia tienda en Frankfurt.

Tras la conmoción de dejar Irán, Reyhane ha retomado los hilos de su profesión en Alemania. “Paso a paso, puntada a puntada”, dice. “Se podría decir que estoy cosiendo mi vida. Sí, así es como me siento”.


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