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Cientos de niños pierden la vida en arriesgadas travesías marítimas Imprimir

Hope*, de 36 años, solicitante de asilo, en el centro de recepción en Messina (Italia) donde vive. (© ACNUR/UNHCR/Valentino Bellini)
Hope*, de 36 años, solicitante de asilo, en el centro de recepción en Messina (Italia) donde vive. (© ACNUR/UNHCR/Valentino Bellini)
Desde que el niño Alan Kurdi se ahogase hace dos años, otros 8.500 refugiados y migrantes han muerto o desaparecido en el Mediterráneo, entre ellos bebés y niños.

ITALIA, Messina, 31 de Agosto 2017 (ACNUR/ UNHCR)- La marea se alzó y Hope* mantuvo juntó a ella en el sobrecargado bote a sus tres hijas pequeñas. Ninguna sabía nadar. “No llores, mamá. El barco de rescate está llegando”. Estas palabras de consuelo fueron las últimas de Mercy*, de 10 años de edad.

A medida que el barco de rescate entraba en su línea de visión, el pánico se apoderó de los 130 pasajeros gambianos y nigerianos que viajaban a deriva por el Mediterráneo en una patera sin combustible. Los hombres que sabían nadar saltaron al mar, desequilibrando el bote y haciendo que volcase.

Aferrándo fuertemente a la pequeña Faith*, Hope fue empujada al agua y quedó atrapada bajo el bote. Cinco minutos más tarde, la mano de un hombre se internó en la oscuridad, la agarró y la alzó hasta la embarcación de rescate.

“Mi hija mediana estaba sentada allí. Le pregunté: ‘¿dónde está la otra?’”, narró Hope, maestra en una guardería en su Nigeria natal. “Pero la emergencia era que la bebé no estaba respirando. La llevaron al barco grande y trataron de reanimarla, pero no había nada que hacer”.

"La llevaron al barco grande y trataron de reanimarla, pero no había nada que hacer".

“Es por eso que perdí minutos esenciales en los que podía haber buscado a mi hija mayor, perdida en el mar. Le dije al equipo de rescate que tenía otra hija en el agua. Fueron en su búsqueda, pero había desaparecido.

En septiembre de 2015, la imagen del cuerpo sin vida de Alan Kurdi, de tres años de edad, suscitó un brote masivo de emociones que llevó a innumerables personas de todo el mundo a entrar en acción.

Casi dos años después, cientos de niños como las hijas de Hope -de apenas ocho y 14 meses de edad – siguen ahogándose mientras intentan cruzar desesperadamente el Mediterráneo en busca de seguridad, protección o una mejor vida en Europa.

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Desde la muerte de Alan el 2 de septiembre del 2015, ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, ha contabilizado al menos 8.500 casos de refugiados y migrantes que han muerto o desaparecido mientras trataban de atravesar el Mediterráneo; no se sabe cuántos eran niños.

“Aunque el número de llegadas a Europa ha disminuido drásticamente desde la muerte de Alan, la gente continúa intentando el viaje y muchos han perdido la vida en el proceso”, expresó ACNUR en un comunicado.

A finales del año pasado, una cifra récord de 22,5 millones de refugiados se encontraban en situación de desarraigo por la guerra y la persecución en todo el mundo, más de la mitad de ellos niños.

ACNUR destaca la necesidad de buscar soluciones y alternativas seguras para que madres como Hope dejen de arriesgar sus vidas en viajes tan peligrosos; ella, no obstante, piensa que no tenía elección.

A raíz de la violencia en Nigeria, su marido ya había huido a Europa. Ante amenazas de similar calibre, Hope y sus hijas emprendieron la peligrosa travesía hacia el norte a través del desierto de Libia y pagaron a un contrabandista para intentar el letal cruce a Italia. En un barco saturado, sin chalecos salvavidas, ni teléfono satelital para pedir ayuda.

“Si la gente no tiene esperanza y vive con miedo, seguirá jugándose la vida en viajes arriesgados”

“Cuando decidí viajar con mis hijas, no tenía otra opción”, dijo Hope, que ha solicitado asilo en Italia y ahora vive en un centro de acogida de Messina con la única de sus hijas que sobrevivió al viaje, Charity *.

“No podía regresar a mi casa ya que los enemigos de mi marido juraron que se vengarían contra su familia. Pero tampoco podía quedarme en Libia. Se había vuelto demasiado peligrosa para los niños en el último año. Tenía que encerrar a mis hijas en el piso cuando salía”.

ACNUR tiene claro que la comunidad internacional necesita hacer más para frenar la pérdida de vidas jóvenes en el mar.

“Sigue habiendo una urgente necesidad de soluciones para estos niños y para otras personas en tránsito. Si la gente no tiene esperanza y vive con miedo, seguirá jugándose la vida en viajes arriesgados”, apunta ACNUR.

“Los líderes políticos deben trabajar juntos para desarrollar alternativas más seguras, para informar mejor quienes consideran tomar esta peligrosa ruta, y sobre todo para abordar las causas de estos desplazamientos, resolviendo conflictos y creando oportunidades reales en los países de origen.”


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