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| Jueves, 29 de Diciembre de 2011 00:00 |
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“Me siento perdido…nadie me puede explicar qué significa, pero una palabra como “desconocida” nunca significa nada bueno” dice el padre de Glody, de 37 años, Leon Mukaba, mientras su hijo menor duerme plácidamente en su regazo. Leon Mukaba huyó de su hogar en la República Democrática del Congo hace casi cuatro años tras enfurecer a las autoridades por sus opiniones políticas. Dos años después, cuando se le concedió el estatuto de refugiado en Hungría, su mujer Céline y sus tres hijos pudieron unirse a él gracias al programa de reunificación familiar. Hoy esta familia de seis miembros está construyendo una nueva vida en la capital, Budapest. Juntos libran su particular batalla con el húngaro, uno de los idiomas más difíciles de aprender. Mukaba trabaja a turnos en un almacén mientras que Céline cuida del bebé, va a recoger a sus hijos mayores a la escuela pública y se encarga de gestionar los documentos necesarios para conseguir atención médica y una asignación familiar. Ella es también quien se ocupa de los gastos de su nuevo hogar. Uno de esos documentos es la partida de nacimiento de Glody. Aunque el certificado reconoce que el niño nació en Hungría en septiembre de 2011, no le concede ninguna nacionalidad. Glody, aún muy pequeño para gatear o hablar, se encuentra atrapado en un inmerecido callejón sin salida. Bajo la política actual, un niño nacido de padres extranjeros en territorio húngaro por lo general no tiene derecho a la nacionalidad húngara. En cambio, se espera que los padres presenten pruebas de la nacionalidad extranjera del niño en forma de certificado expedido por las autoridades del país de origen, para que su ciudadanía quede reflejada en la partida de nacimiento. De lo contrario, en ausencia de prueba, la nacionalidad queda registrada como “desconocida”. Ahora bien, los padres que se han visto obligados a huir de su tierra natal no pueden obtener esta documentación fácilmente. Contactar con las autoridades de su país podría poner sus vidas en peligro o hacer peligrar su condición de refugiado, ya que esta forma de colaboración con los funcionarios podría implicar que ya no necesitan protección. Sin esta prueba escrita, estos niños recién nacidos están atrapados en un vacío legal. “El bienestar de los niños sin nacionalidad se ve gravemente comprometido” afirma Ágnes Ambrus, oficial de protección de ACNUR en Hungría. “Sin una relación jurídica con el Estado, pueden verse privados de derechos y servicios básicos, incluido el acceso a la educación y la sanidad”. Glody consiguió una tregua cuando tenía dos meses. Para ayudar a mantener la unidad familiar, se le concedió el estatuto de refugiado, lo cual le garantiza los mismos derechos que tienen los niños húngaros, con unas pocas excepciones. Pero aunque el estatuto de refugiado pudiera parecer una solución, no lo es a largo plazo. La Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Convención de los Derechos del Niño afirman que todo el mundo tiene derecho a una nacionalidad. En muchos casos, como ocurre con la legislación congoleña, los niños adquieren automáticamente la nacionalidad de sus padres. Pero la situación de los niños refugiados es especialmente compleja, porque están fuera de sus países de origen y no pueden contactar con las autoridades de su país para obtener un documento que acredite la relación jurídica. Aunque muchas familias refugiadas nunca podrán regresar a sus países, algunas aún esperan poder hacerlo algún día. Por suerte, el estatuto de refugiado de Glody le ofrece protección. Sin embargo, para otros refugiados apátridas es fundamental que los países de acogida concedan la nacionalidad a los niños apátridas nacidos en su territorio. Mientras tanto, Leon Mukaba estudia duro para aprobar el examen de ciudadanía húngaro. El test incluye preguntas escritas y orales, todas en húngaro, sobre la política, historia y literatura del país. Los refugiados reconocidos tienen derecho a solicitar la ciudadanía en Hungría tras haber vivido en el país, como mínimo, durante tres años. Si Leon Mubaka aprueba el examen, su mujer y sus hijos también podrán ser nacionalizados. Decidido y optimista, Mukaba va a clase todos los jueves por la tarde para preparar el examen. “Mi tema favorito es el del voto popular, porque creo que es importante para un país” dice mientras revisa los apuntes del curso. Después saca un diccionario de húngaro de una pila de libros que hay sobre su mesa para echar un vistazo a la pronunciación de la palabra “esperanza”. “Ahora estamos a la espera y tenemos esperanza, es lo único que podemos hacer” concluye. Por Eva Hegedus en Budapest, Hungría. |

