Política de cookies

Le informamos que utilizamos cookies propias y de terceros para ofrecerle un mejor servicio, de acuerdo con sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede consultar nuestra Política de Cookies aquí.

ACEPTAR
Americas Europe Asia and the Pacific Middle East and North Africa Africa Mapa del mundo

Búsqueda de noticias

Noticias Notas de Prensa Una comunidad de refugiados sirios florece en medio del desierto jordano

Una comunidad de refugiados sirios florece en medio del desierto jordano Imprimir

© ACNUR/G.Beals. Noordin Ibrahim, refugiado sirio, con algunas de las mercancías perfumadas que vende en su pequeño puesto del campo de refugiados de Za’atri, en Jordania.
© ACNUR/G.Beals. Noordin Ibrahim, refugiado sirio, con algunas de las mercancías perfumadas que vende en su pequeño puesto del campo de refugiados de Za’atri, en Jordania.
CAMPO DE REFUGIADOS DE ZA’ATRI, Jordania, 13 de marzo de 2013 (ACNUR/UNHCR) – En uno de los campos de refugiados que más rápidamente está creciendo, el comerciante sirio Noordin Ibrahim vende la esencia del amor. Su puesto improvisado, fabricado con restos de materiales, hojalata y madera, contiene más de 300 perfumes, decenas de esmaltes de uñas y otros artículos destinados a hacer resplandecer a sus clientes. Hay objetos como “CK One” y “Beso sobre la luna”, así como otras fragancias caseras para la ternura y la seducción, conservadas en pequeños botes de cristal.

El viaje de Ibrahim a este campo en mitad de un desierto azotado por los vientos comenzó el 26 de agosto, cuando huyó de su pequeña aldea cerca de la ciudad sureña siria de Dara’a después de que su casa fuera arrasada por los constantes bombardeos de artillería. Este refugiado huyó de Siria con su mujer y sus cuatro hijas en mitad de la noche, caminando entre los olivos y logrando cruzar la frontera con Jordania a la una de la madrugada, antes de ser trasladados al campo de Za’atri, que sigue ampliándose.

Desde entonces ha invertido su dinero en el negocio de los perfumes en Za’atri. La venta de fragancias fue su trabajo durante un tiempo hace muchos años. Los refugiados de su aldea, así como los miembros de su amplio clan, la familia Ghabeet, frecuentan su puesto. “Necesito vivir y necesito trabajar” dice con una sonrisa. “También necesitaba cambiar el aroma de este lugar”.

El puesto de perfumes de Ibrahim representa algo más que un negocio. Es también un pequeño paso en la construcción de una comunidad enraizada en la esperanza. Cada botella de perfume vendida combate la miseria de vidas desplazadas. Y el puesto es sólo uno de los muchos ejemplos de cómo el campo ha evolucionado en los últimos seis meses.

Comunidades enteras se han trasladado desde Siria cruzando la frontera hacia países como Jordania, llevando consigo a sus familias y su tejido social. Parte de la sociedad que un día vivió en una nación está ahora echando raíces en otra. Za’atri ya no es sólo un conjunto de individuos desconectados entre sí o de familias, ahora es una sociedad en sí misma.

Estas comunidades están buscando cómo recrear la sensación de hogar. A medida que la inseguridad en Siria persiste, hasta 4.000 personas huyen a diario a Jordania a través de puntos fronterizos oficiales y no oficiales. La mayor parte del éxodo está disperso a lo largo del reino, tanto en comunidades urbanas como rurales. En Za’atri ya viven ni más ni menos que 100.000 refugiados.

Allí, ACNUR y sus socios cubren las necesidades de refugio, alimento, agua, acceso a la educación y atención sanitaria, así como protección para los vulnerables. Además de esto, las familias refugiadas y las comunidades han empezado a organizarse por sí mismas siguiendo vínculos familiares y de aldeas de origen. La gente ha trasladado literalmente sus tiendas para estar más cerca de amigos o parientes.

Y también se están formando redes de comunicación entre las comunidades de refugiados en Jordania, así como entre refugiados y sus parientes en Siria. Aunque se está conformando una nueva sociedad, mantenerse en contacto con la gente del que fue su país también es importante.

Ahmed, que ha pedido que ocultemos su nombre real, es sólo una de las personas en Za’atri que se mantienen en contacto directo con su familia en Dara’a, al otro lado de la frontera. De pie sobre un montículo de basura y piedras en los límites del campo, Ahmed sostiene su teléfono móvil en el aire para intentar coger una señal del principal operador de teléfono de Siria. El móvil está en manos libres para que pueda hablar. Mientras las excavadoras trabajan para ampliar el campo, una docena de habitantes de Za’atri hacen lo mismo que él.

Así es como los refugiados se mantienen en contacto con sus amigos y familia en Siria. Llaman a esta pequeña colina “SyriaTel”, en honor al nombre del operador telefónico al otro lado de la frontera. Aquí es donde Ahmed llama a su familia extensa en Dara’a para saber cuándo cruzarán la frontera. Les dice que está a salvo y que ellos deberían cruzar lo antes posible. “Todo el mundo viene aquí” dice. “Aquí es donde recibimos noticias de nuestras casas y aldeas”.

Desde “SyriaTel” los refugiados también hacen pedidos a sus amigos y familiares que están a punto de cruzar la frontera. “Anoche una mujer de 75 años trajo dos bolsas cargadas de aceite de oliva de su aldea” apunta Andrew Harper, Representante de ACNUR en Jordania. “Sus parientes en Za’atri le dijeron que lo necesitaría porque no sabían cuando podría regresar”.

Las noticias desde sus casas son un tema de discusión en la peluquería del campo de refugiados, en los numerosos cafés y bares para fumar sisa. A lo largo de las calles del campo, la gente habla de su hogar mientras compra semillas de girasol, frutas y verduras o algodón de azúcar. Es en estos lugares donde se expande la semilla de la esperanza del retorno a Siria y de una nueva vida cuando el conflicto acabe.

Abdel llegó a Jordania hace cinco meses. Después de trabajar brevemente en una peluquería en Amman, regresó al campo de Za’atri para montar su propio negocio. Aquí, los hombres y niños vienen a cortarse el pelo o afeitarse por unos 2 dólares. Miembros de su familia, los Mifalani, frecuentan su establecimiento, ofreciéndole dinero y esperanza.

Aunque Abdel todavía tiene un trozo de metralla en la planta del pie, ahora sueña con combatir la miseria del pasado. “Tengo 21 años y soy un hombre de negocios” dice orgulloso. “Cuando todo esto acabe y vuelva a casa, abriré una peluquería de verdad”.

Por Greg Beals en el campo de refugiados de Za'atri, Jordania

 

> Donaciones para la emergencia en Siria: www.eacnur.org


Comparte esta página con: