Política de cookies

Le informamos que utilizamos cookies propias y de terceros para ofrecerle un mejor servicio, de acuerdo con sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede consultar nuestra Política de Cookies aquí.

ACEPTAR
Americas Europe Asia and the Pacific Middle East and North Africa Africa Mapa del mundo

Búsqueda de noticias

Noticias Notas de Prensa La solidaridad de un desconocido con los refugiados sirios al sur de Turquía

La solidaridad de un desconocido con los refugiados sirios al sur de Turquía Imprimir

© ACNUR. Refugiados sirios en la ciudad de Akcakale, al sur de Turquía, recogen la ayuda donada por particulares y organizaciones.
© ACNUR. Refugiados sirios en la ciudad de Akcakale, al sur de Turquía, recogen la ayuda donada por particulares y organizaciones.
AKCAKALE, Turquía, 7 de noviembre de 2013 (ACNUR/UNHCR) – A unos 200 metros de una zona de tierra de nadie y con un territorio en guerra al otro lado, se levanta una calle polvorienta con modestas casas alineadas, tiendas, garajes y una oficina. Fuera de la oficina una multitud espera la distribución de ayuda humanitaria bajo un sol abrasador.

Son algunos de los 10.000 refugiados urbanos sirios registrados que están viviendo en Akcakale, una ciudad fronteriza al sur de Turquía que tenía más de 35.000 habitantes antes de la llegada de refugiados. Justo al final de la carretera otros 30.000 sirios viven en un saturado campo de refugiados levantado por el gobierno turco con tiendas y equipamiento de ACNUR.

La multitud en el exterior de la oficina está esperando un camión que traerá material de ayuda humanitaria recogido por ciudadanos anónimos y ONGs. Con sus tarjetas de registro, cada familia recogerá aceite, azúcar y una caja con alimentos básicos.

Mientras los refugiados siguen llegando a Turquía, ACNUR ayuda mediante la creación de 23 centros de registro itinerantes en todo el país y reforzando la entrega de mantas y calefactores para el invierno.

Un elemento clave entre las ONGs locales es Mahmut Yalçinkaya, un hombre rudo con un gran bigote negro que espera la llegada de la ayuda junto a los refugiados. De origen árabe turco, este hombre empezó a organizar el apoyo humanitario a título particular desde Estambul, donde tenía un negocio turístico. A medida que la guerra en Siria se prolongaba, dejó su trabajo y volvió a su provincia de origen, en el sur, para concentrarse en ayudar a los refugiados.

“Al principio no pensábamos que duraría tanto”, dice. “Tenía amigos en Siria que habían huido de la guerra. Pero la situación se prolongó y no podíamos mantenernos al margen porque todos somos del mismo pueblo. No hay diferencia entre nosotros”.

Mahmut envió ayuda primero por la frontera, a veces acompañando personalmente su valiosa mercancía hasta allí. Entonces se volvió demasiado peligroso. “Estábamos llevando la ayuda y alguien desde el lado sirio de la frontera nos disparó. Me hirieron en una pierna, un policía murió y 13 personas resultaron heridas”, recuerda. “Pero no íbamos a dejar de ofrecer ayuda sólo por este tipo de incidentes”.

Sin embargo, él dejó de mandar los paquetes de ayuda a través de la frontera porque pocos estaban llegando a la gente que lo necesitaba. En su lugar, empezó a alojar a familias refugiadas en su gran casa familiar en Akcakale.

Cuando llega el camión de ayuda, Mahmut ayuda a miembros de tres familias a los que está acogiendo a presentar sus tarjetas de registro y cargar sus materiales de ayuda humanitaria. Después mete las cajas y botellas en su coche y los lleva a casa.

Uno de los hombres que acompaña a Mahmut es Wahid, un sirio de 70 años. Huyó de los combates hace siete meses con su hija y su familia de seis miembros. Ella y sus hijos mayores están trabajando en los campos recogiendo algodón para ganar algo de dinero con el que hacer frente al invierno.

El alojamiento es rudimentario, cuatro habitaciones en el sótano, paredes de cemento y suelos con esteras apiladas en un rincón. En estas habitaciones llevan meses viviendo 30 hombres, mujeres y niños. Aún así, es mejor que las condiciones que tienen que soportar otras familias que duermen en parques, garajes o, en algún caso, en una tienda hecha con mantas bajo un árbol a poca distancia de la frontera.

Wahid recuerda con gratitud su primer encuentro con Mahmut en Akcakale. “Él iba conduciendo y nosotros le paramos haciéndole señales con nuestras maletas al lado. Nos pidió que fuéramos con él y nos llevó a su casa e insistió en que nos quedáramos”. Vahta, abuela de una familia de 14 miembros que también viven bajo el techo de Mahmut, está agradecida. “Si no hubiera sido por Turquía, ¿dónde habríamos ido? Sin Turquía estaríamos muertos”.

A última hora de la tarde, la ayuda humanitaria se ha almacenado con éxito en la casa y Mahmut alimenta a sus gallinas y gansos mientras piensa que nunca imaginó que ni la guerra ni su solidaridad se prolongaran tanto tiempo. “El mundo tiene que hacer mucho más”, dice Mahmut. Turquía ha hecho más de lo que le corresponde”. Pero, tiene claro que él nunca abandonará a los sirios.

Por Don Murray en Akcakale, Turquía


Comparte esta página con: