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Noticias Notas de Prensa El fin de la rebelión en República Democrática del Congo llega demasiado tarde para una familia

El fin de la rebelión en República Democrática del Congo llega demasiado tarde para una familia Imprimir

© ACNUR/L.Beck. Baraka,  refugiado congoleño, se recupera en el hospital de Kisoro, en Uganda, tras haber sido alcanzado por la metralla cuando la ciudad de Bunagana fue atacada a comienzos de esta semana.
© ACNUR/L.Beck. Baraka, refugiado congoleño, se recupera en el hospital de Kisoro, en Uganda, tras haber sido alcanzado por la metralla cuando la ciudad de Bunagana fue atacada a comienzos de esta semana.
KIROSO, Uganda, 6 de noviembre de 2013 (ACNUR/UNHCR) – Esta semana Uwimana* perdió a sus padres y a dos parientes, víctimas del fuego de artillería en una de las últimas acciones militares de un conflicto entre las fuerzas armadas del gobierno y los rebeldes del M23 que ha durado 18 meses.

Pero el final de los combates en la provincia de Kivu Norte, en la República Democrática del Congo, ha sido sólo un pequeño consuelo para esta joven de 17 años, que vio a su hermano morir en un hospital de Uganda por una fuerte hemorragia como consecuencia de la metralla del ataque del lunes. Murió unas horas después de que sus padres y la hermana pequeña de Uwimana fallecieran al instante cuando un proyectil cayó en su aldea, Cyengerero.

“No tengo nada en Congo, no volveré”, dice amargamente la joven mientras mira por la ventana del hospital de Kisoro, que recibe apoyo médico del socio de ACNUR Medical Teams International.

El hermano pequeño de Uwimana, Bruno, fue uno de los 18 congoleños refugiados ingresados el lunes con heridas graves en el hospital del suroeste de Uganda, en un momento en que los combatientes del ejército congoleño realizaban su ataque final contra el M23 en las colinas cercanas al punto fronterizo clave de Bunagana. Para cuando el M23 anunció el fin de su levantamiento el martes, fallecía en el hospital un bebé con lesiones en la médula.

El adolescente todavía está en estado de shock: frota la mesa de la enfermería mientras habla de su experiencia, incapaz de mirar a la gente a los ojos cuando cuenta cómo la explosión mató a sus padres y a su hermana de seis años.

Uwimana sobrevivió a la explosión porque estaba dentro de la casa empaquetando a toda prisa sus pertenencias cuando el proyectil de artillería cayó en el jardín donde jugaban sus hermanos. Vio a sus familiares despedazados. “Cuando las bombas cayeron no tuve miedo, me sentía fuerte, pero cuando vi a mi madre muerta me asusté”, recuerda, añadiendo que todo sucedió muy rápidamente.

“Dejamos allí a nuestros padres, ni siquiera los tapamos, cogimos a los supervivientes y corrimos”, dice, refiriéndose a sus otros dos hermanos, uno de los cuales cogió a su hermana pequeña. Uwimana hizo un cabestrillo con su pañuelo y lo usó para trasladar a Bruno, que sufría muchos dolores.

“Mi hermano me preguntó '¿Vas a abandonarme?' Yo no contesté, sólo le cogí”. El adolescente tenía heridas en los muslos y rota la pierna izquierda, así que tuvo que trasladarlo con mucho cuidado. En la frontera con Uganda los soldados pusieron su pierna en un cabestrillo y le llevaron al hospital hacia las 8 de la tarde en una ambulancia de Medical Teams International. Cuatro horas después murió cuando le estaban haciendo una segunda transfusión de sangre.

El personal del hospital público de Kisoro dijo que el flujo repentino de civiles heridos puso al límite los recursos del centro. “Cuando llegué había sangre por todas partes. La sala de operaciones era pequeña y algunas personas yacían fuera. Los que recibían primeros auxilios eran trasladados a la sala”, dice Afia Mutuza, una enfermera. MTI ha ofrecido al hospital fluidos de terapia intravenosa y vías, pero hay escasez de medicamentos y de personal.

Muchos de los heridos trasladados al hospital de Kisoro el lunes se están recuperando de sus heridas, como Baraka Ndagijlmana. Fue alcanzado por la metralla de un proyectil que impactó en Bunagana, en la zona de la ciudad del lado de la frontera de RDC. Llegó al hospital el lunes por la mañana en el maletero de una moto-taxi.

“Sentí algo muy pesado caer sobre mí y toda la gente a mi alrededor fue abatida”, recuerda Baraja, que ya tuvo que huir muchas veces en el pasado. “Siempre estamos huyendo, es parte de nuestra vida diaria. Han sido tantas las veces que he perdido la cuenta”, dice, añadiendo: “Me quedo porque es mi hogar”.

Muchos esperan que regrese una relativa paz a Kivu Norte para que la gente pueda volver a sus casas, incluso aunque la situación en la provincia siga siendo volátil y que haya 30 grupos armados en esta región sin ley. Pero para aquellos que han perdido tanto, como Uwimana, creer en ello les aporta algo de esperanza.

Ella espera poder quedarse con su tío, que vive en Uganda, y encontrar a sus tres hermanos desaparecidos, a los que mandó lejos el lunes por su seguridad. Ahora ella se ha convertido en la cabeza de la familia.

* Nombres cambiados por motivos de protección.

Por Lucy Beck en Kisoro, Uganda


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