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Noticias Notas de Prensa Tragedia infinita: muere uno de los trillizos sirios

Tragedia infinita: muere uno de los trillizos sirios Imprimir

© ACNUR/ I.Prickett. Saleh (31) y su madre Jalila atienden a Ahmed y Riad, los dos supervivientes.
© ACNUR/ I.Prickett. Saleh (31) y su madre Jalila atienden a Ahmed y Riad, los dos supervivientes.
VALLE DE BEKAA, Líbano, 3 de febrero de 2015 (ACNUR/UNHCR) – Hace dos años Saleh huyó de la guerra en Siria con su esposa Amal y tres hijos pequeños. Se refugiaron en el Líbano, donde ahora los persigue la tragedia.

El día de Año Nuevo, mientras una tormenta de nieve azotaba la región oriental del valle de Bekaa, Amal murió al dar a luz a tres varones, Riyadh, Ahmed y Khalid. Hoy Saleh está sumido en el dolor porque hace unos días la muerte volvió para llevarse al pequeño Khalid.

“La muerte de Amal fue un golpe inmenso”, dice. “Y ahora lo del bebé. Me digo una y otra vez, ‘Dios es el que nos da y nos quita’. Seguro que estaba escrito que Khalid vendría a esta vida para quedarse 20 días y luego se iría”.

La noticia cayó como un rayo sobre el equipo de ACNUR que había seguido de cerca y compartido con el mundo la historia de Saleh, la pérdida de Amal y la lucha del joven padre viudo por sacar adelante a los trillizos. Los refugiados que viven cerca de la familia en el mismo campamento informal estaban haciendo lo posible por ayudar y algunas organizaciones socias de ACNUR donaron leche, pañales, cunas, mantas y habían comenzado a levantar una tienda más grande con calefacción.

“Sin ayuda de las organizaciones no sé qué haríamos”, insiste Saleh mientras arropa a uno de los recién nacidos. Y confiesa que mientras lo acuna no puede evitar pensar en Khalid.

“Era el más delgado, me daba pena verlo. Yo le rogaba a Dios que lo salvara y lo protegiera para que pudiera crecer e ir a la escuela”.

El dolor por su hijo se mezcla con el luto por su esposa. Su muerte le ha dejado un gran vacío. Cada vez que se pone a atender a los niños piensa en la vida tranquila y feliz que habían soñado juntos cuando decidieron casarse y tener una familia numerosa. Entonces en Siria no había guerra.

“Amal es ireemplazable”, repite Saleh. “Nos llevábamos muy bien, en todo”. Por suerte las muestras de afecto y la ayuda no paran de llegar, tanto de las agencias humanitarias como de los vecinos y hasta de personas desconocidas que se conmovieron con el relato.

Las últimas palabras de Amal no se borran de su mente. Como sabía que iban a ser trillizos, le hizo prometer que si algo le sucedía, cuidaría de sus hijos. No parecía alarmada, aunque su madre había muerto de parto cuando ella nació.

A tanta tristeza se suman la nostalgia de la casa familiar en la provincia siria de Idlib y las típicas dificultades del día tras día que afligen a todos los refugiados. Saleh dice que ahora lo único que desea es hacer que sus cinco hijos crezcan sanos, inteligentes y felices. “Saber que voy a verlos crecer me da fuerzas para levantarme”, dice. “Creo que son sanos y despiertos. Los voy a ayudar  toda mi vida y nunca los abandonaré”.

Por Warda Al-Jawahiry en el valle de Bekaa, Líbano.


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