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Noticias Notas de Prensa Los refugiados somalíes aprenden a convivir en la nueva ciudad de tiendas levantada en Kenia

Los refugiados somalíes aprenden a convivir en la nueva ciudad de tiendas levantada en Kenia Imprimir

© ACNUR/B.Bannon. Refugiados somalíes esperan para recoger agua en la Ampliación de Ifo.
© ACNUR/B.Bannon. Refugiados somalíes esperan para recoger agua en la Ampliación de Ifo.
AMPLIACIÓN DE IFO, Kenia, 19 de septiembre (ACNUR/UNHCR) – En un campamento desértico azotado por el viento, dos mujeres discuten sobre quién será la primera en llenar su bidón de plástico con agua. A ambos lados de la fuente se lanzan acusaciones. Durante gran parte de sus vidas, las mujeres han estado acostumbradas a caminar muchos kilómetros para obtener este valioso elemento, y es un recurso por el que merece la pena pelear. Disputas como esta pueden evolucionar rápidamente en venganzas que involucran a familias enteras.

El líder local Bashir Abdi Kassim, de 38 años, llega a la escena junto a oficiales de seguridad de la comunidad antes de que la discusión llegue a las manos. Se lleva a las dos mujeres aparte y habla con ellas sobre el problema. Las mujeres aún no entienden que hay agua suficiente para todos en la nueva ampliación del campo de Ifo, una parte del complejo de campos de refugiados en expansión de Dadaab, al noreste de Kenia.

Kassim propone una solución elegante que es a la vez obvia y práctica: quien quiera agua deberá poner sus bidones en fila. No está permitido saltarse la cola. “Hemos aprendido bastantes lecciones del conflicto y los enfrentamientos de clanes en Somalia como para saber que ningún enfrentamiento es bueno” dice Kassim, que llegó a Dadaab hace más de un mes desde la zona de Gedo, en el sur de Somalia. “Aquí tenemos que trabajar todos juntos como un equipo”.

La disputa es parte de la evolución social de la Ampliación de Ifo. Una delicada red comunitaria ha comenzado a tejerse entre los miles de refugiados que viven en las tiendas blancas. Lo que en su momento fueron asambleas dispares de refugiados se está convirtiendo poco a poco en un grupo cohesionado que comparte un sentido de responsabilidad y obligación. Las familias están entendiendo que no tienen que preocuparse tanto por las dificultades a la hora de cubrir sus necesidades básicas como lo hacían en su día cuando habitaban zonas más peligrosas en las afueras de Ifo.

“La prestación de servicios une a la gente y ayuda a formar una comunidad” dice Moulid Hirsi, un oficial de campo de ACNUR que ha trabajado en Dadaab durante más de 19 años. “Se convierte en el punto que une intereses comunes y responsabilidad. Eliminas el “yo” y lo sustituyes por el “nosotros”.

El sentimiento de vecindad es frágil, como era de esperar entre un grupo de desconocidos cuya llegada refleja la desesperación que acompaña a la sequía y el conflicto. Una emergencia que aún gira a su alrededor con preocupaciones constantes sobre enfermedad, seguridad y provisión de servicios básicos.

Pero desde comienzos de junio, cuando el persistente conflicto y la peor sequía en 60 años hicieron estallar la última crisis en Somalia, la Ampliación de Ifo ha pasado de ser un paisaje estéril a una ciudad emergente de 7.300 tiendas y casi 30.600 habitantes. La meta de ofrecer refugio y servicios a unos 90.000 refugiados para finales de año sigue siendo una prioridad para ACNUR.

La comunidad no está esperando a que se complete el proyecto para construir sus propias instituciones. A unos 30 metros del punto de agua, los miembros de la comunidad han comenzado a construir una escuela improvisada, incluso cuando ACNUR y sus socios están preparando el terreno para levantar una escuela cerca.

Osman Aden, de 11 años, y Ali Nunow, de 14, son algunos de los estudiantes que están aprendiendo a escribir extractos del Corán. “Nos agrupamos y decidimos que empezaríamos esta escuela” dice Ahmed Ali, de 32 años, que enseña a los pequeños. “No hemos estado aquí mucho tiempo pero…queremos dar a nuestros niños una educación”.

En otro sector de la Ampliación de Ifo la escuela ya ha empezado. Unos 100 jóvenes comparten pupitres en una clase donde, por primera vez, aprenden a contar en inglés. El profesor y los estudiantes participan con interés en un ir y venir de preguntas y respuestas. Para la mayoría de la clase este es su primer contacto con el sistema educativo de Kenia, que tiene unos estándares más altos de lo que están acostumbrados.

“La escuela une a la comunidad” dice su director, Mohamed Abdulahi Bashir. “Hay reuniones de padres, intercambio de ideas”. Un grupo de 50 adolescentes se reúne a lo largo del perímetro de la escuela cuando acaban las clases. “Cuando vivíamos en las afueras solíamos jugar al fútbol” dice Ali Magaley, de 18 años. “Pero se rompió el balón”.

El oficial de juventud Tomoya Soejima les promete que en su nuevo hogar en la Ampliación de Ifo, el fútbol estará sin duda en la agenda. Los jóvenes ofrecen rápidamente una lista provisional de jugadores y al día siguiente llegan unos 20 adolescentes. A medida que prosigue el juego, llegan niños de todos lados y pronto hay cuatro equipos jugando a última hora de la tarde: unos con camisetas contra otros sin ellas.

“El fútbol une” dice Tomoya. “Es un motor de conversación, amistad y empoderamiento. Cuando empiezan a jugar son algo tímidos. Pero después de una hora puedes ver que las sonrisas y la camaradería empiezan a aumentar. Es como si se normalizara la vida de nuevo”.

Por Greg Beals en la Ampliación de Ifo, Kenia


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