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Noticias Notas de Prensa Flujo de congoleños al nuevo campo de refugiados de ACNUR en Ruanda

Flujo de congoleños al nuevo campo de refugiados de ACNUR en Ruanda Imprimir

© ACNUR / G.Beals. Justine Mukeshimana, de 47 años, sentada junto a dos de sus seis hijos en el campamento ruandés de Kigeme. Este campo acoge a unas 20.000 personas que han huido desde la República Democrática del Congo a Ruanda desde esta primavera.
© ACNUR / G.Beals. Justine Mukeshimana, de 47 años, sentada junto a dos de sus seis hijos en el campamento ruandés de Kigeme. Este campo acoge a unas 20.000 personas que han huido desde la República Democrática del Congo a Ruanda desde esta primavera.
CAMPO DE REFUGIADOS DE KIGEME, Ruanda, 9 de agosto (ACNUR/UNHCR) – Los aldeanos tenían miedo de los soldados porque robaban, violaban y reclutaban a niños para su guerra. No importaba a qué facción armada representaban: una plétora de cuadros militares iba y venía. Todos ellos portaban armas y desataban el pánico cuando caminaban por la comunidad de Kibarizu, en la provincia de Masisi (República Democrática del Congo).

Al igual que el resto de habitantes de Kibarizu, Veronique*, de 20 años, sabía que los soldados paraban a cualquiera que se cruzara en su camino para pedirle dinero. Si la víctima no tenía nada, le golpeaban o incluso cosas peores. Por eso, la población de Kibarizu había desarrollado un sistema para tratar de sobrevivir a los cuerpos militares que pasaban por la zona. Su método se basaba en una única obligación: el primero en convertirse en objetivo de un grupo armado debía hablar, gritar o chillar lo más fuerte que pudiera. La víctima tenía que decir: “Están aquí. Están aquí". "Era una advertencia para el resto de nosotros”, contaba Veronique. Apenas servía como defensa, pero esto era todo lo que tenían.

Hasta ahora, Veronique ha escapado a los horrores de los grupos militares. Pero aún así, ella sigue pensando en los soldados mientras permanece sentada en una pequeña tienda en el campo de refugiados de ACNUR en Kigeme. Su vivienda está hecha a base de lonas plastificadas clavadas en una estructura de madera de pino y ancladas al suelo con ramas del árbol y cuerdas. Ésta es una de los varios cientos de viviendas enclavadas en la ladera de una escarpada colina de Ruanda. Veronique está a salvo, así que puede recordar. A veces, sus labios se estremecen al hablar. Se queda mirando fijamente a las paredes blancas o clava su mirada sobre el suelo de tierra y recuerda los momentos que han definido la trayectoria de su vida.

Las advertencias proporcionaban un pequeño consuelo una vez que los grupos militares se tornaban violentos. Las víctimas avisaban a gritos de la existencia de merodeadores armados, y aquellos que trataban de escapar a su destino hacían todo lo posible por desaparecer. Se escondían tratando de mimetizarse con sus casas o el monte. Esta obstinada desaparición la mayoría de las veces no era más que una opción desesperada. “Si decidimos quedarnos en nuestras casas, pueden quitarnos nuestro dinero o violarnos”, cuenta Veronique. “Pero si corremos y los grupos nos ven tratando de escondernos, pueden dispararnos y matarnos.”

Estas decisiones difíciles acechaban cada vez más de cerca a Veronique. Las amenazas se volvieron más específicas; temía que la violaran y que reclutaran por la fuerza a su hermano pequeño. Los soldados ya le habían dicho a Mapenzi *, de 15 años, que debía unirse a ellos.

Así que el 1 de mayo huyeron, a sabiendas de que eran unos afortunados. La madre de Veronique, sus otros cuatro hermanos y dos hermanas se quedaron atrás. Su familia no podía permitirse pagar la tarifa de 10 dólares por persona que cuesta atravesar en moto la frontera. Y aunque es cierto que es posible llegar a pie a Ruanda, al hacerlo uno se expone a ser víctima de bandidos y otras milicias armadas que también merodean por la carretera hambrienta. “Mi madre quería que me llevara conmigo a todos mis hermanos y hermanas”, cuenta Veronique. “Sentía que eso era lo mejor que podía hacer. Pero sin embargo sólo pude irme con uno de ellos.”

Veronique no estaba sola. Desde esta primavera, unos 20.000 congoleños han cruzado la frontera entre Congo y Ruanda huyendo del conflicto. Un flujo constante de refugiados sigue llegando. Se registran con ACNUR en el centro de tránsito Nkamira, cerca de la frontera con la República Democrática del Congo. ACNUR y sus socios han construido un nuevo campamento en Kigeme para acoger a los recién llegados. En cualquier parte de esta creciente comunidad, el gobierno de Ruanda, ACNUR y sus socios están trabajando. Más de 11.400 personas habitan ahora en las nuevas instalaciones.

Sabrina Amirat, una oficial de protección de ACNUR desplegada en misión de emergencia, sube y baja por las colinas hablando con los recién llegados. Apenas hace una semana que ha llegado al campamento. Una mujer la sonríe y sostiene su mano. Una familia la saluda. Otra mujer le confiesa su temor a que su marido venga a quitarle a sus hijos ahora que él sabe que la violaron en Congo.

Se organizan reuniones con los jóvenes, reuniones de coordinación, reuniones con socios como la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, Oxfam y otras organizaciones. El trabajo termina bien entrada la noche, después de haber subido y bajado durante horas por la ladera de la colina, lo que a veces la deja con calambres en las piernas. Pero lo importante ahora es ser vista, conocida y generar confianza. Amirat desprende un aura de generosidad. “Es normal”, dice ella. “No considero a las personas que viven aquí únicamente como refugiadas. Lo primero de todo son personas como yo.”

Hay mucho por hacer y Amirat también actúa como una especie de mariscal de campo supervisando el trajín de las actividades en el campamento. El sonido de los martillos, azadas, hachas y sierras se puede escuchar en cualquier parte a lo largo de las laderas de las colinas. Amirat señala una letrina que se ha construido demasiado cerca de la especie camino escalonado mugriento que recorre la ladera de la colina como un largo acordeón. “Puedes ver lo que está sucediendo en este retrete", dice mientras señala una letrina en la que su ocupante puede ser visto desde el exterior. "Tenemos que solucionar este problema."

Amirat también es consciente de que a pesar de la relativa seguridad del campamento, el miedo persiste. Sabe que ninguna persona normal se transforma inmediatamente después de haber soportado los horrores de la guerra. Es probable que la violencia de género continúe. Las mujeres necesitan asesoramiento y protección. Los menores no acompañados deben ser reunidos con sus familias. Se debe dar prioridad en el acceso a la vivienda a los discapacitados y ancianos.

A las 3:30 de la tarde, un grupo de autobuses llega desde el centro de tránsito de Nkamira, aparcando a lo largo de la ladera. Los recién llegados se van agrupando en un lado de la ladera de la colina mientras un hombre con un megáfono les ofrece información sobre el nuevo campamento. Uno por uno se va nombrando en voz alta a los cabeza de familia. A cada uno se le asigna un nuevo hogar.

Justine Mukeshimana, de 47 años, espera pacientemente entre la multitud hasta que, de repente, dicen en voz alta su nombre. Ella y sus seis hijos huyeron de Bihamwe, en la provincia congoleña de Masisi, y llegaron a Ruanda el 9 de junio. Pero en medio del caos de la huida, un niño de siete años, su hijo mayor Gastón Gaboyimanzi, se separó del resto de la familia.

Hoy Mukeshimana es afortunada. La construcción de viviendas avanza al mismo ritmo que la llegada de refugiados. ACNUR y sus socios han construido unas 67 viviendas hoy, así que todas las personas que han llegado en el autobús tendrán un hogar esta noche. Con sus hijos en brazos, recorre el mugriento camino de tierra hacia su nueva morada. Y entonces se ve a Gastón. Estaba esperando reunirse con él, pero aún así este momento es sumamente feliz. Ambos llevan meses sin verse. Se abrazan en silencio antes de dirigirse a su nuevo hogar.

Siete personas vivirán en esta pequeña casa. Gastón ha decidido quedarse en la casa de unos amigos para así dejar más espacio en la vivienda al resto de la familia. A pesar de que sólo tienen un colchón individual y una estera para dormir, una sonrisa radiante se dibuja en el rostro de Mukeshimana.

* Nombres cambiados por razones de protección.

Greg Beals en el campo de refugiados de Kigeme, en Ruanda.

 


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