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Menores sirios que huyeron solos de la guerra encuentran un hogar en España Imprimir

Menores sirios no acompañados reubicados a Motril, España (© ACNUR/UNHCR/Susan Hopper)
Menores sirios no acompañados reubicados a Motril, España (© ACNUR/UNHCR/Susan Hopper)
El gobierno regional de Andalucía dio la bienvenida a ocho menores sirios no acompañados reubicados desde Grecia el año pasado, en un proyecto pionero en España.

MOTRIL, España, 26 de junio de 2017 (ACNUR/UNHCR)- Con una escoba, fingiendo que barre el suelo del aula, Bienvenido Ortega, profesor voluntario, enseña idiomas de manera divertida.

“¿Dónde estaréis mañana?”, pregunta a los estudiantes, sentados en pupitres en un aula decorada con mapamundis. “¡En clase!”, responden. “¿Estaréis estudiando o jugando?”, pregunta de nuevo. “¡Estudiando!", contestan al unísono mientras ríen.

El nombre del profesor despierta una agradable sensación en los menores sirios en su clase, que huyeron solos de su país por la guerra.

“No es como un profesor con nosotros, es como un padre con su hijo”, dice Mahmud*, de 16 años, quien huyó solo del caos y la dureza del conflicto en Alepo. “Siempre está sonriendo, hablando y haciendo bromas. Es genial”.

El año pasado, el gobierno regional de Andalucía se convirtió en el primero en acoger menores refugiados no acompañados sirios como Mahmud. Desde septiembre, ha recibido a ocho menores de entre 15 y 17 años –seis chicos y dos chicas-, todos reubicados desde Grecia.

El objetivo era proporcionarles un ambiente seguro y enriquecedor en un entorno residencial dotado de recursos sociales, sanitarios, educativos, culturales y de ocio, diseñado para “favorecer su desarrollo social” y ayudarles a que se sientan integrados.

“Nuestra tarea es apoyarles en un ambiente donde se sientan seguros”

Charlando bajo el ojo protector de un trabajador social en la residencia en Motril, varios de los adolescentes relataron su huida del conflicto, los asesinatos, el reclutamiento forzoso, la extrema pobreza, y el viaje hacia Turquía esquivando a los combatientes armados.

Hacinados en botes abarrotados, llegaron a Grecia, donde algunos lo pasaron mal en las tiendas de un caótico campamento cercano a la frontera con la Antigua República Yugoslava de Macedonia.

“Lo pasamos muy, muy, muy mal recuerda Mahmud. “La gente robaba, mataba, hacía cosas malas a las chicas. Muchas cosas malas …. No es un lugar para niños… Algunas veces nos dormíamos hambrientos”.

Ahora viven en un hogar grupal en un tranquilo callejón, donde el sonido más alto es el canto de un canario. Los jóvenes comparten habitaciones impolutas, se sientan juntos a comer y van al instituto, en el marco de un proyecto llevado a cabo por el gobierno regional de Andalucía y apoyado por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados.

“Nuestra tarea es darles apoyo en un ambiente donde se sientan seguros, para permitir su desarrollo social y ayudarles a sentirse integrados”, dice Margarita de la Rasilla, oficial de protección de la Representación de ACNUR en España.

Como parte del proceso para integrarlos en este pueblo de 60.000 habitantes, al sureste de la capital provincial, Granada, se les ofrece participar en actividades extraescolares. Estas van desde clases de español por las tardes en el Club UNESCO de Motril- donde Bienvenido es profesor voluntario-, hasta prácticas y voluntariado.

“¡Estamos absolutamente encantados con ellos y esperamos que no se vayan!”

Tareq, de 17 años, de la capital de Siria, Damasco, está haciendo prácticas en un restaurante. Vistiendo un delantal negro, una corbata y un gorro de cocinero, entra en la reluciente cocina para preparar platos locales. A pesar de que al principio no le iba mucho la dieta española, rica en pescado, dice que le estaba empezando a gustar y que está ampliando su círculo de amigos.

“Está yendo bien... He conocido a mucha gente” dice. “Tanto en la escuela como en el restaurante. Poco a poco he aprendido un montón”.

Para el director del restaurante, Álvaro García, contar con este joven, diligente y de verbo fácil, ha supuesto una buena experiencia, y anima a otros empleadores de la zona a hacer lo mismo.

“Algunos pueden pensar que les traerá problemas, pero ha sido ciertamente lo contrario”, dice, sentado en una mesa cubierta de un mantel blanco, en el fresco interior del restaurante.Vienen a aprender, no a molestar. Ha sido muy positivo”.

Ylias*, refugiado sirio, habla con Juan y con los voluntarios de CONECTA durante una pausa para merendar. (© ACNUR/UNHCR/Susan Hopper)
Ylias*, refugiado sirio, habla con Juan y con los voluntarios de CONECTA durante una pausa para merendar. (© ACNUR/UNHCR/Susan Hopper)
Ylias, de 16 años, quien huyó de la devastación de la guerra en Qamishli con su hermana pequeña, es voluntario una vez a la semana en CONECTA, organización local sin ánimo de lucro que une a niños autistas con jóvenes de su misma edad. Recuerda lo difícil que era para él hablar cuando llegó a Motril, y cómo buscó formas para comunicarse con Juan, un adolescente cuyo autismo no le permite hablar.

“Sentía cierta empatía hacia él”, explica Ylias. “Me comunicaba usando mis manos y mis ojos”.

Ahora, narra, los eventos sociales semanales que se llevan a cabo en un edificio tras el pequeño puerto de la ciudad son “lo mejor” que hace. Entre las charlas y el alboroto, Juan y él juegan al baloncesto con otros niños o se sientan juntos para untar mantequilla en las tostadas a la hora de la merienda.

Para la fundadora y presidenta de CONECTA, Elisa Salamanca, ver a los niños interactuando con Ylias y otros jóvenes voluntarios sirios es una alegría.

“Puedo estudiar y hacer mis cosas como cualquier otra persona. Para mí, esto es suficiente”

“Son amables, muy proactivos y súper cariñosos con los niños, y nos traen mucha felicidad”, dice con una gran sonrisa. “¡Estamos absolutamente encantados con ellos, y esperamos que no se vayan nunca!”.

En 2016, las autoridades andaluzas proporcionaron 24 plazas para menores sirios no acompañados solicitantes de asilo, y esperan acoger a 16 más.

ACNUR ha urgido a los países a incrementar el ritmo de reubicación de solicitantes de asilo desde Italia y Grecia, incluyendo menores no acompañados.

Varios gobiernos regionales españoles - como los de Cataluña, Cantabria y el País Vasco- han manifestado su interés a ACNUR por replicar el proyecto. ACNUR les ha provisto de formación especializada de cara a la acogida.

El profesor voluntario Bienvenido Ortega enseña español a los menores refugiados sirios en Motril. (© ACNUR/UNHCR/Susan Hopper)
El profesor voluntario Bienvenido Ortega enseña español a los menores refugiados sirios en Motril. (© ACNUR/UNHCR/Susan Hopper)

Al inicio del proyecto piloto, algunos de los niños tuvieron dificultades para adaptarse a la vida en la España provincial, infelices ante una comida que desconocían y por la pérdida de independencia. Sin embargo, afirma Margarita de la Rasilla, “como podéis ver, poco a poco, están cambiando su forma de pensar y han visto las oportunidades que tienen”.

Todos los niños entrevistados han manifestado que su nueva vida ha acabado gustándoles, en diferentes maneras. “Al principio no me gustaba nada, no quería vivir aquí”, dice Mahmud.

“No me gustaba la casa, no me gustaba nadie, pero ahora todo es perfecto. Hay comida, agua, puedo ducharme, dormir y buscar trabajo. Puedo estudiar y hacer mis cosas como cualquier otra persona. Para mí, eso es suficiente”.

Tareq, un joven pensativo que usa un lenguaje preciso, afirma que la reubicación en Motril “lo cambió todo”.

“Aquí en España, seguimos todos los días una rutina. Tenemos que ir a la escuela, sentarnos juntos a comer, ir al trabajo”.

Hace una pausa y, tras un momento, sale a relucir el niño tras este joven sereno. “Es importante, porque aún somos niños.

Por Tim Gaynor, en Motril (Granada, España)

*Los nombres de los refugiados han sido cambiados por motivos de protección.


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